Militares españoles realizan prácticas de tiro de artillería junto a efectivos del nuevo Ejército afgano en las proximidades de Moqur. / CLAUDIO ÁLVAREZ

Un pozo protege más que un cañón

La ayuda de los militares españoles al pueblo afgano revierte en su seguridad

Alguna gente tiene miedo y no acepta la colaboración”, explica un coronel

Militares españoles realizan prácticas de tiro de artillería junto a efectivos del nuevo Ejército afgano en las proximidades de Moqur. / CLAUDIO ÁLVAREZ

El acto se repite en Moqur y Ludina, las dos bases españolas de combate en Afganistán. El coronel Luis Cebrián, jefe del contingente en la provincia de Badghis, impone la medalla de la OTAN a los militares que han cumplido tres meses en Afganistán. “Algunos dicen que es una medalla conmemorativa, que se entrega por el simple hecho de venir; no es verdad”, les dice. “Es la más importante, porque reconoce que somos un equipo, iguala a quienes han estado en puestos de combate con los que han hecho un trabajo discreto y anónimo, en la cocina o la lavandería, sin el que la misión no hubiera sido posible. Si hemos alcanzado nuestra meta ha sido gracias al esfuerzo de todos”, sentencia.

El acto de Ludina se inicia con un homenaje al sargento Joaquín Moya Espejo, última baja mortal del contingente español, que murió de un disparo el 6 de noviembre de 2011 a menos de dos kilómetros de la base. Ludina es la posición de mayor riesgo del Ejército español en Afganistán. Está al pie de la ruta Lithium, que une el sur con el norte de la provincia, en el límite entre la zona de mayoría tayika y la pastún, feudo de los talibanes. Los atentados con IED (artefacto explosivo improvisado) son el pan de cada día y los ataques con armas ligeras el de cada semana. El último, sin consecuencias, el pasado jueves.

Para el coronel Cebrián es un éxito reunir en un colegio de Sang Atesh a los notables de la zona con el gobernador del distrito. La sura, como es tradicional, se inicia con una oración. Luego, el coronel invita a los líderes tribales a exponer sus quejas. “En algunos de sus pueblos nos está costando entrar, parece que la gente tiene miedo y no quiere aceptar nuestra ayuda”. El más anciano anuncia que trasladarán sus demandas por escrito al gobernador para que las haga llegar al mando español. El coronel no se da por vencido. Se dirige a los representantes de los clanes de Mamazai y Ludina Paint, de etnia pastún, y les insta a hablar. Pero ambos rehúsan. No van a debatir con un militar español.

El gobernador de Moqur se muestra satisfecho. “Esos son nuestros procedimientos”, alega. Reconoce que su mayor problema es la inseguridad, pero confía en que el Ejército afgano sabrá valerse por sí solo cuando se vayan los españoles. Quizá no confiara tanto si hubiera asistido al ejercicio de tiro que, con dos cañones soviéticos de calibre 130, realizaron el lunes los militares afganos. Aunque se quería impresionar a los talibanes con una exhibición de fuerza, la mitad de los proyectiles que debían iluminar la noche cerrada fallaron. “El problema es que no mantienen en buenas condiciones la munición”, explica un artillero. Un ejército profesional no se improvisa.

Según el gobernador, la insurgencia es un fenómeno foráneo importado de Pakistán. Pero no parece así al escuchar al jefe accidental del batallón del Ejército afgano, quien se dirige a los notables casi suplicando: “Les pido que digan a sus hijos y hermanos que no empuñen las armas contra nosotros. Estamos aquí para darles seguridad. Tienen ustedes que ayudarnos”.

El coronel juega la baza de la zanahoria. Recuerda que los pueblos que han aceptado la ayuda española tendrán agua potable el próximo verano. El Ejército ha reparado ya 153 pozos. Algunos consideran que esta tarea es más propia de una ONG, pero no se trata solo de altruismo: un pozo puede ser más eficaz que un cañón para garantizar su seguridad. Sin respaldo de la población afgana, hace tiempo que las tropas españolas habrían tenido que volver a casa.

Acompañado por el gobernador, el coronel inaugura una pasarela colgante y la iluminación del bazar de Sang Atesh con farolas dotadas de placas solares. Las autoridades se marchan antes de que las farolas se enciendan. Se aduce que aún falta casi una hora para la caída del sol. Pero los militares han detectado una presencia hostil en una colina. “Los talibanes nos están observando”, reconoce el coronel.